domingo, 23 de agosto de 2009

Sofía se escribe con S XVII

Suspiro
Suspiro
, uno tras otro, dejando entre el anterior y el siguiente un intervalo de máximo 7 segundos. Cerró los ojos respirando profundamente, tratando de no pensar más que en eso; pero todos sabemos que hay cosas que a veces no se pueden lograr. No pudo evitarlo. Huyó a su desastrosa habitación se paró frente a su librero y comenzó a buscar…¿Dónde estaría?.

¡Por fin! Si encontraba uno, encontraba todos. Tomó el primer libro con mucho cuidado, sabía la página exacta incluso la línea exacta. “Los árboles mueren de pie”, magnífico libro, para ella; aunque ahora que lo meditaba bien, por qué lo buscaba si se sabía el libro de memoria. Leyó en voz baja: *“Era un ramo de rosas rojas, y un papel con una sola palabra: “¡Mañana! ¿Dé donde me venía aquel mensaje? ¿Quién fue capaz de encontrar entre tantas palabras inútiles la única que podía salvarme? “Mañana””* ¿Por qué él no era capaz de hacer eso? Siempre tuvo la esperanza. Cerró de nuevo los ojos sonriendo, imaginándose Isabel, hablando como ella “Es que usted no puede imaginar todo lo que es Mauricio* para mí. Es más que el amor, es la vida entera. El día que lo conocí estaba tan desesperada que me habría dejado morir en un rincón como un perro con frío. Él pasó junto a mí con un ramo de rosas y una palabra; y aquella palabra sola me devolvió de golpe todo lo que creía perdido. En aquel momento comprendí que desde dentro que iba a ser suya para siempre, aunque fuera de lejos, aunque él no volviera a mirarme nunca más.” ¿Por qué nadie podía entenderla? Abrió de repente los ojos, caminando lentamente hacia el espejo, se miró toda raída, triste, despeinada. No es que lo amase, no lo veía como novio; tan sólo querría que él estuviese con ella. “¿De qué color son los ojos de la Gioconda?” Se preguntó, respondiéndose para sí. “Aceituna oscura. ¿De qué color son los ojos de las sirenas? Verde mar. ¿De qué color son los míos?...” Tiró el libro lejos, pues a su mente venían pasajes que no quería imaginarse. Era demasiado ya, esa manía que tenía de creerse personajes que nunca sería, esa esperanza que quizá algún día él… ¿De qué serviría… Se sentó en su cama y arrugó las antiguas cartas que había escrito, lanzándolas luego junto al libro de Casona. ¿Cómo escribirle a alguien en una carta todo lo que siempre quisiste decirle? Era triste despedirse y darse cuenta que en realidad la que rompería la promesa más importante sería ella misma, lo dejaría solo. Ya no le importaba mucho que él lo hubiera hecho primero. De todos modos ella si le daba importancia a las promesas y ahora que tendría que romper esta se sentía de lo peor… “Lo siento tanto, pero es que no es justo.” Escribía, gritaba, lloraba manteniendo su mano firme. “Perdóname” Sofía sabía que era lamentable y patético hablarle a alguien que no estaba allí, que no te escucharía, que nunca lo había hecho. “Gracias por dejarme sola… te quiero tanto…” Sebastián siempre había estado con ella, daría su alma entera por revivir un momento con él. Por volver a escuchar su voz… Ahora era tarde, pero moriría feliz sabiendo que él había encontrado la manera de sobrevivir aunque le doliese en el fondo que ella no estuviese incluida en esa felicidad.

Las lágrimas no dejaban de caer, había terminado por fin esa pequeña despedida. A Simón ya le había dejado mucho. Se preguntaba que reacción tendría Sebastián. ¿Se entristecería? ¿Por qué atormentarse con eso? Se limpió las lágrimas, según sus cálculos ya era tardísimo y tendría que apurarse si es que no quería arrepentirse de una vez. Caminó hacia el baño, buscó en el estante detrás del espejo y tomó las pastillas para dormir que necesitaría. De regreso, en su habitación tomó el otro libro que tanto le fascinaba…”Tú me hablaste y me sentí como una persona de nuevo. Quizás estando al lado tuyo me sentí seguro y real. Déjame entrar. Te necesito.” Se reía, esa historia le parecía graciosa pues la protagonista se llamaba como ella, Sofía. Y cada vez que leía una línea dedicada a ella no podía dejar de creerse todo el cuento. Cerró el libro, y lo volvió a abrir dos páginas antes del final…
Las cosas cambian, entendió ella. La gente crece, se muda. Algunas veces se encierra en sí misma; otras, sale en busca de los demás. ¿Cómo sería si nada cambiara?, se preguntó. ¿Pero por qué tenía que doler tanto, todo ese cambio? ¿Por qué tenía que significar el perder a la gente que queremos?”. ¿Qué había significado perder a Sebastián cuando más lo necesitaba? ¿Por qué le pasaba esto a ella? Él era su esperanza, su único mejor amigo y quien estaría por siempre con ella y ahora ya no estaba. "Sofía, despierta. Estás sola, siempre lo estuviste; era de suponerse, ¿quién querría estar contigo? No eres perfecta como todos creen, no eres nada, ni nadie.” Se repetía en su mente. No tenía otra salida, ¿o sí? Quizá solo hacía tiempo, quizá aun creía… “Él vendrá y me salvará… y seremos amigos por siempre.” Aunque quizá no, ya regresaba a su habitación con pastillas en manos, se sentó en su cama. Todos la habían abandonado, era la gota que derramaba el vaso, había contado con una persona por más tiempo que con nadie, le había confiado su alma entera, sus mas íntimos secretos… Y ahora, él no estaba. Lo odiaba, le tenía tanto rencor pero no podía hacerle daño porque a la vez lo quería. Ojeó por última vez aquel libro mientras tragaba una que otra pastilla más… “La muerte sería mejor que vivir así. Algunas veces existían momentos para la muerte” Esté era una momento para la muerte, no tenía por qué ni para quién vivir, no tenía un propósito, no tenía nada… Después de todo “La vida es una ilusión que dura muy poco”.
Es irónico pensar, como dos Sofías pueden perder a las personas que aman, casi de la misma forma y cómo pueden pensar lo mismo. Lo necesitaba tanto pero después de todo, de todo lo que hiciera, lo que hizo, ahora... “Ella no tenía que decirlo; no tenía que ofrecer. Él lo sabía.” Estaba vacía, gracias a él. Se levantó, tomó su navaja nuevamente y con odio y lágrimas en los ojos- era ahora o nunca- se cortó las venas. Si antes no lo había hecho como debió, profundo, de la forma correcta, esta vez lo hizo. No quería arrepentirse ni tener remordimientos si no le funcionaba. Todas lo que pasaba por su mente, tantas cosas por recordar, por olvidar… “Últimamente parecía como si tú fueras el único que sabía que yo existía. Pronto ya no tendré a nadie.” No iba a arrepentirse ahora, su sangre brotaba a montones, se deslizaba a través de sus brazos, sus manos, caía a la cama, manchaba todo excepto la carta. “A veces, cuando las cosas cambian, hay que forzarlas” ¿Qué mas podría hacer? ¿Por qué las pastillas no hacían efecto? No le iba a dar el gusto de estar viva, no, él de todos modos ni cuenta se iba a dar… “Sigue disfrutando, sufre por favor… No, olvídame. Sí, como siempre. Sé feliz.”Sonrió pensando en Sebastián. Y no aguantó más y se desmayó o cayó dormida…

“¡Sofía! ¡Sofía, despierta!" Él no estaba seguro al principio pero después de las advertencias de todos y conociéndola, decidió llamarla, y aunque ella le dijo que estaba bien, se decidió por ir a verla; le preocupaba, después de todo. Así que corrió velozmente, como nunca había corrido en su vida, ella después de todo era alguien importante, la quería y tenía que estar con ella; pero como explicárselo, cómo decirle la verdad. Al llegar, llamó a la puerta muchas veces seguidas, pero nadie atendió. Él sabia que ella estaba adentro, se había encontrado con Simón de regreso, o mejor dicho lo había visto pero no le preguntó nada; no quería tener problemas. Se preocupó más aún...y la puerta con llave; algo pintaba mal. Sofía era de la chicas que todo le da igual, no era de dejar puertas con llave, ni poner cerrojos; y lo peor de todo es que la ultima conversación que tuvieron fue extraña. Nunca pensó hacerlo pero terminó rompiendo la ventana con lo primero que encontró a su paso. Se introdujo a la casa de Sofía… No tenía mucho tiempo y eso lo sabía, demasiado desorden ¿Un asalto?, qué habría pasado. ¿Dónde estaba Sofía? ¿Manchas de sangre?, se imaginó lo peor. ¡Su habitación! Corrió hasta ella, sudando por el gran esfuerzo. La encontró acercándose a ella asustado, la tomó entre sus brazos, la observó con cariño, no quería pensar que había llegado tarde pero no podía darse por vencido. “¡Sofía! ¡Sofía, despierta!” Tenía que despertarla, ella entreabrió los ojos, sonrió… inmovilizada. Él gritó y gritó desesperado, no la podía perder… “¡Por favor, quédate conmigo!" Sus manos con sangre, estaba destruido, desesperado, desorientado… Su instinto no le había fallado, pero por qué no creyó más ferozmente en ellos: Había llegado tarde, quizá. Estaba fría, pero respiraba. Lento, muy lento, frío muy frío lo único que de los labios de Sofía salió fue, su alma partida en mil pedazos, una lágrima, un quejido, un… suspiro.

[*: Personaje de Los árboles mueren de pie, de Alejandro Casona.
*²: Referido a Sofía de El beso de Plata.]


Suspiro
, uno tras otro, dejando entre el anterior y el siguiente un intervalo de máximo 7 segundos. Cerró los ojos respirando profundamente, tratando de no pensar más que en eso; pero todos sabemos que hay cosas que a veces no se pueden lograr. No pudo evitarlo. Huyó a su desastrosa habitación se paró frente a su librero y comenzó a buscar…¿Dónde estaría?.

¡Por fin! Si encontraba uno, encontraba todos. Tomó el primer libro con mucho cuidado, sabía la página exacta incluso la línea exacta. “Los árboles mueren de pie”, magnífico libro, para ella; aunque ahora que lo meditaba bien, por qué lo buscaba si se sabía el libro de memoria. Leyó en voz baja: *“Era un ramo de rosas rojas, y un papel con una sola palabra: “¡Mañana! ¿Dé donde me venía aquel mensaje? ¿Quién fue capaz de encontrar entre tantas palabras inútiles la única que podía salvarme? “Mañana””* ¿Por qué él no era capaz de hacer eso? Siempre tuvo la esperanza. Cerró de nuevo los ojos sonriendo, imaginándose Isabel, hablando como ella “Es que usted no puede imaginar todo lo que es Mauricio* para mí. Es más que el amor, es la vida entera. El día que lo conocí estaba tan desesperada que me habría dejado morir en un rincón como un perro con frío. Él pasó junto a mí con un ramo de rosas y una palabra; y aquella palabra sola me devolvió de golpe todo lo que creía perdido. En aquel momento comprendí que desde dentro que iba a ser suya para siempre, aunque fuera de lejos, aunque él no volviera a mirarme nunca más.” ¿Por qué nadie podía entenderla? Abrió de repente los ojos, caminando lentamente hacia el espejo, se miró toda raída, triste, despeinada. No es que lo amase, no lo veía como novio; tan sólo querría que él estuviese con ella. “¿De qué color son los ojos de la Gioconda?” Se preguntó, respondiéndose para sí. “Aceituna oscura. ¿De qué color son los ojos de las sirenas? Verde mar. ¿De qué color son los míos?...” Tiró el libro lejos, pues a su mente venían pasajes que no quería imaginarse. Era demasiado ya, esa manía que tenía de creerse personajes que nunca sería, esa esperanza que quizá algún día él… ¿De qué serviría… Se sentó en su cama y arrugó las antiguas cartas que había escrito, lanzándolas luego junto al libro de Casona. ¿Cómo escribirle a alguien en una carta todo lo que siempre quisiste decirle? Era triste despedirse y darse cuenta que en realidad la que rompería la promesa más importante sería ella misma, lo dejaría solo. Ya no le importaba mucho que él lo hubiera hecho primero. De todos modos ella si le daba importancia a las promesas y ahora que tendría que romper esta se sentía de lo peor… “Lo siento tanto, pero es que no es justo.” Escribía, gritaba, lloraba manteniendo su mano firme. “Perdóname” Sofía sabía que era lamentable y patético hablarle a alguien que no estaba allí, que no te escucharía, que nunca lo había hecho. “Gracias por dejarme sola… te quiero tanto…” Sebastián siempre había estado con ella, daría su alma entera por revivir un momento con él. Por volver a escuchar su voz… Ahora era tarde, pero moriría feliz sabiendo que él había encontrado la manera de sobrevivir aunque le doliese en el fondo que ella no estuviese incluida en esa felicidad.

Las lágrimas no dejaban de caer, había terminado por fin esa pequeña despedida. A Simón ya le había dejado mucho. Se preguntaba que reacción tendría Sebastián. ¿Se entristecería? ¿Por qué atormentarse con eso? Se limpió las lágrimas, según sus cálculos ya era tardísimo y tendría que apurarse si es que no quería arrepentirse de una vez. Caminó hacia el baño, buscó en el estante detrás del espejo y tomó las pastillas para dormir que necesitaría. De regreso, en su habitación tomó el otro libro que tanto le fascinaba…”Tú me hablaste y me sentí como una persona de nuevo. Quizás estando al lado tuyo me sentí seguro y real. Déjame entrar. Te necesito.” Se reía, esa historia le parecía graciosa pues la protagonista se llamaba como ella, Sofía. Y cada vez que leía una línea dedicada a ella no podía dejar de creerse todo el cuento. Cerró el libro, y lo volvió a abrir dos páginas antes del final…
Las cosas cambian, entendió ella. La gente crece, se muda. Algunas veces se encierra en sí misma; otras, sale en busca de los demás. ¿Cómo sería si nada cambiara?, se preguntó. ¿Pero por qué tenía que doler tanto, todo ese cambio? ¿Por qué tenía que significar el perder a la gente que queremos?”. ¿Qué había significado perder a Sebastián cuando más lo necesitaba? ¿Por qué le pasaba esto a ella? Él era su esperanza, su único mejor amigo y quien estaría por siempre con ella y ahora ya no estaba. "Sofía, despierta. Estás sola, siempre lo estuviste; era de suponerse, ¿quién querría estar contigo? No eres perfecta como todos creen, no eres nada, ni nadie.” Se repetía en su mente. No tenía otra salida, ¿o sí? Quizá solo hacía tiempo, quizá aun creía… “Él vendrá y me salvará… y seremos amigos por siempre.” Aunque quizá no, ya regresaba a su habitación con pastillas en manos, se sentó en su cama. Todos la habían abandonado, era la gota que derramaba el vaso, había contado con una persona por más tiempo que con nadie, le había confiado su alma entera, sus mas íntimos secretos… Y ahora, él no estaba. Lo odiaba, le tenía tanto rencor pero no podía hacerle daño porque a la vez lo quería. Ojeó por última vez aquel libro mientras tragaba una que otra pastilla más… “La muerte sería mejor que vivir así. Algunas veces existían momentos para la muerte” Esté era una momento para la muerte, no tenía por qué ni para quién vivir, no tenía un propósito, no tenía nada… Después de todo “La vida es una ilusión que dura muy poco”.
Es irónico pensar, como dos Sofías pueden perder a las personas que aman, casi de la misma forma y cómo pueden pensar lo mismo. Lo necesitaba tanto pero después de todo, de todo lo que hiciera, lo que hizo, ahora... “Ella no tenía que decirlo; no tenía que ofrecer. Él lo sabía.” Estaba vacía, gracias a él. Se levantó, tomó su navaja nuevamente y con odio y lágrimas en los ojos- era ahora o nunca- se cortó las venas. Si antes no lo había hecho como debió, profundo, de la forma correcta, esta vez lo hizo. No quería arrepentirse ni tener remordimientos si no le funcionaba. Todas lo que pasaba por su mente, tantas cosas por recordar, por olvidar… “Últimamente parecía como si tú fueras el único que sabía que yo existía. Pronto ya no tendré a nadie.” No iba a arrepentirse ahora, su sangre brotaba a montones, se deslizaba a través de sus brazos, sus manos, caía a la cama, manchaba todo excepto la carta. “A veces, cuando las cosas cambian, hay que forzarlas” ¿Qué mas podría hacer? ¿Por qué las pastillas no hacían efecto? No le iba a dar el gusto de estar viva, no, él de todos modos ni cuenta se iba a dar… “Sigue disfrutando, sufre por favor… No, olvídame. Sí, como siempre. Sé feliz.”Sonrió pensando en Sebastián. Y no aguantó más y se desmayó o cayó dormida…

“¡Sofía! ¡Sofía, despierta!" Él no estaba seguro al principio pero después de las advertencias de todos y conociéndola, decidió llamarla, y aunque ella le dijo que estaba bien, se decidió por ir a verla; le preocupaba, después de todo. Así que corrió velozmente, como nunca había corrido en su vida, ella después de todo era alguien importante, la quería y tenía que estar con ella; pero como explicárselo, cómo decirle la verdad. Al llegar, llamó a la puerta muchas veces seguidas, pero nadie atendió. Él sabia que ella estaba adentro, se había encontrado con Simón de regreso, o mejor dicho lo había visto pero no le preguntó nada; no quería tener problemas. Se preocupó más aún...y la puerta con llave; algo pintaba mal. Sofía era de la chicas que todo le da igual, no era de dejar puertas con llave, ni poner cerrojos; y lo peor de todo es que la ultima conversación que tuvieron fue extraña. Nunca pensó hacerlo pero terminó rompiendo la ventana con lo primero que encontró a su paso. Se introdujo a la casa de Sofía… No tenía mucho tiempo y eso lo sabía, demasiado desorden ¿Un asalto?, qué habría pasado. ¿Dónde estaba Sofía? ¿Manchas de sangre?, se imaginó lo peor. ¡Su habitación! Corrió hasta ella, sudando por el gran esfuerzo. La encontró acercándose a ella asustado, la tomó entre sus brazos, la observó con cariño, no quería pensar que había llegado tarde pero no podía darse por vencido. “¡Sofía! ¡Sofía, despierta!” Tenía que despertarla, ella entreabrió los ojos, sonrió… inmovilizada. Él gritó y gritó desesperado, no la podía perder… “¡Por favor, quédate conmigo!" Sus manos con sangre, estaba destruido, desesperado, desorientado… Su instinto no le había fallado, pero por qué no creyó más ferozmente en ellos: Había llegado tarde, quizá. Estaba fría, pero respiraba. Lento, muy lento, frío muy frío lo único que de los labios de Sofía salió fue, su alma partida en mil pedazos, una lágrima, un quejido, un… suspiro.

[*: Personaje de Los árboles mueren de pie, de Alejandro Casona.
*²: Referido a Sofía de El beso de Plata.]

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