sábado, 30 de agosto de 2008

Sofía se escribe con S IX y X

Sueños.
Sueños, metas, logros, objetivos y tantas tonterías que antes de morir no sirven para cosa alguna. Un poco de todo pasa por la mente de Sofía: sueños, ideales, momentos alegres, premios, buenos recuerdos. Es una mezcla saturada de matices reales e irreales… “-¿Entiendes?”….
A veces no sé que digo, que pienso”. Pero, qué es lo más importante de entre todo. Sofía piensa. “Obvio, lo más importante… ¿qué es lo más importante?..” Las razones, los malos recuerdos, peleas, gritos, soledades, golpes, enojos, la causa o el causante… “-¿En qué piensas? -En ti no. -Haa! Graciosa, es enserio… ¿En qué piensas? -Me gustaría vivir en un mundo de hadas. -Sofía, no seas ridícula… me pregunto ¿cuándo crecerás? -No quiero crecer… y tampoco es una ridiculez, no ves lo maravilloso que puede ser. -No, no lo veo. -Gracias ¡eh! -Yo creo que todo depende del papel que tengas en el cuento. -Ahh! -¿Qué pasa? -Espera a que se me ocurra una buena respuesta. –Vale, yo espero.” Sofía cerró los ojos.
Sofía que me vaya lejos no quiere decir que no te quiera, que te dejaré de querer. Sebas… te estoy perdiendo, te voy a perder. No lo veas así, tú fuiste la de la idea. Pero yo quería ir contigo, no irme a otro lugar… y lo peor es que lo mío es dentro de unos años… Eso te pasa por saberlo todo. Cállate. Sofía, prométeme que vas a estar bien. No puedo. Sofía, si no lo haces por ti, hazlo por mi; prometimos estar juntos por siempre y lo vamos a estar… esto no es un adiós, es solo un hasta luego, Sofía te aprecio mucho, pero déjame ir, déjame cumplir mis metas, mis sueños…”


Salvación
Salvación… sí, esa es la palabra adecuada". Los recuerdos de Sofía se entremezclaban, ya no lloraba, ya no tenía lágrimas. Tenía la boca reseca. Ella solo esperaba que llegara el momento... ¿Por qué pensar en alguien que nunca pensó en ella? ¿Por qué debería importarle? ..."Sofía, ¿por qué te importante tanto alguien que está tan lejos de aquí....a miles de millas?" Las personas no entienden, nunca entenderán son demasiado...humanas. Recuerdos, sombras, luz, oscuridad, un largo caminar, el teléfono que suena, Sofía se levanta como puede..."y ahora, ¿quién?..."...
"-Hola, bueno? -Sofía, ahms…hola. -Sebas… ¡tú!, ¿cómo conseguiste el número? -Eso no importa, estás bien? -Sí, si lo estoy (desde que te fuiste estoy muuuy bien-sarcasmo-). -¿Segura?, ¿no me mientes? -Aja, sí muy segura. -¿Tienes tiempo? -No, la verdad no… justo ahora estaba de salida, Simón me invitó al cine (Si supieras que no es cierto, me matarías pero es lo mejor). -Ahms, pues entonces diviértete mucho si? -Eso no tienes que decirlo.” Trataba de sonar alegre, pero quizá su voz la delataba y él no quería decir nada, o quizá no. Sofía quería que él sufriera por todo lo que ella estaba pasando, todo lo que ella había sufrido desde que él se marchó; y le encantaba hablar de Simón con él. Tantas cosas pasan en su mente: recuerdos otra vez, momentos alegres y malos, lágrimas y risas, juegos. Y las lágrimas salieron a flote nuevamente, se le quebraba lenta e imperceptiblemente la voz, se veía las muñecas, se sentía débil pero no había perdido mucha sangre o quizá sí pero no la suficiente. “-Bueno, no te quito mas tiempo. -Ahms… (¿Por qué no te das cuenta?..). -Sofía, te extraño. -Adiós Sebastián. -Adiós Sofía, cuídate.”...
Tiró el teléfono, no más molestias, desactivó la alarma de su casa. Todo le daba igual. “Sofía quiere llorar, quiere llorar…” Siempre se había hecho la fuerte, la que todo lo puede y sólo había una persona en el mundo que la entendía o que lo intentaba; pero esa persona se había marchado, la había dejado sola, ya no había forma de evitar lo peor. “Adiós Sebastián”. Ya no está, se ha ido. Ya no hay forma, él nunca quiso ser salvado… Y otro diálogo, otro caleidoscopio de recuerdos invade la mente de Sofía, abría los ojos y sus pupilas se dilataban... “-Sebastián, no te dejas ayudar, ni siquiera me dices qué tienes, qué quieres… Termino adivinando, o rogándole a Selene, la normal, en quien parece que confiaras más y recién la conoes, pero claro… No me dice ¡Nada de nada! Y me quedo con la rabia y el dolor que me causa el afirmar que no deseas que te ayude –Ya no quiero la ayuda de los demás, la esperé por años y años… Y, por favor no mates tu tiempo con Selene, ella no sabe nada –Tú, por favor… Sólo dime, si no quieres ayuda, qué deseas… - Quiero ser alguien para los demás, lo que tú llamas normal, quiero dejar de ser el chico defectuoso –Pero Sebas – Espera, ¡basta! No, ya no quiero oír nada Sofía… ¿Por qué siempre me haces esto, eh?¿Te sientes mejor ahora? Espero y si –Perdón, sabes que la defectuosa soy yo –Olvídalo, sólo… Sólo déjame respirar, mira, yo no busco dar lástima, no busco que me ayuden ya, eso lo busqué hace tiempo. Antes quería cariño, de mis padres, de mis amigos, de ti… Ya no quiero nada, de nadie, no quiero palabras de aliento de los demás. Lo único que deseo es valerme por mi mismo… Dejar de depender de otros. Sofía escúchame y hazme caso de una vez, te lo he dicho desde hace tiempo, yo no soy un amigo...nunca soy un buen amigo, no he aprendido a ser un buen amigo” Y no encontró la forma, nunca la hallaba. Era ella y sus tristes recuerdos y pensamientos. No la hay, nunca la hubo… No tuvo oportunidad, no fue llamada, no era parte de la salvación.

jueves, 28 de agosto de 2008

Sofía se escribe con S VII y VIII

Silencio.
“¡Silencio!, ¡cállense! ¡No! No lo digas, por favor” Sofía lloraba. “Shhhh, no por favor” ¿A quién suplicaría de esa forma? Sofía se levantó como pudo, gateó con las pocas fuerzas que le quedaban hacia el otro extremo de su cama, se sentó apoyándose en el cabezal de la cama, abrazando sus piernas, llorando. “¡Cállate, ¡déjame tranquila!... Déjenme… ¡Sí! ¡Déjenme… sola!”Sus manos ensangrentadas cubrieron sus oídos… ¿crisis?
Las personas no entienden, nunca han entendido, nunca lo harán. Son todas iguales. Recordaba aquella conversación, siempre había sido curiosa y eso le había causado tantos problemas, que después terminaba arrepintiéndose. "–Selene, es que no lo veo justo. No creo merecer ser lo más importante par ella. Ella no lo es para mí, me importa y mucho, pero no es lo más importante. Además, ella me da más atención de la que yo a ella. –Sebastián, pero acaso no te gusta, no te sienta bien el que te considere así… Sabes cómo es Sofía” Nunca se había arrepentido tanto, maldecía su curiosidad y el haber escuchado una conversación por teléfono que no le pertenecía. Selene, era amiga de ambos y conocía un poco de los dos… Siempre se preguntó por qué él prefería hablarle a Selene que a ella misma, que se supone que era su mejor amiga… “-No es un intercambio justo, lo entiendes Selene?” Ese día no quería seguir escuchando pero lo había hecho y ya no pudo colgar. Sofía se recostó de nuevo en el mismo lugar que antes: boca arriba, llorando, delirando, recordando “¡no es cierto!, ¡no lo es! ¡Todo está bien!”. Aquellos recuerdos, aquellas palabras… “-No es que no me importe, como ya lo dije no es un intercambio justo, me importa demasiado pero no tanto como yo le importo a ella o al menos como lo hace notar. Debería darle ese tiempo y espacio de su vida y mente a otra persona…Ahora más que nunca que no estoy con ella. Alguien que no la dañe y que le diga cada dos por tres cuanto la quiere, cuanto le importa y lo que significa para esa persona. Yo no lo hago, no nace de mi decir lo que siento, expresar mis emociones…no soy así…más bien soy…reservado, serio, callado, pienso sin decir lo que pasa por mi mente. Todo me lo guardo, ya no confío en nadie del todo. No sé por qué te estoy diciendo todo esto Selene –Está bien Sebas, sabes que no diré nada. –Tan sólo dile que la aprecio, que eso nunca lo dude… sí?."

Sofía vivía en un vecindario tranquilo y silencioso, demasiado diría yo. “Shhhh” Nadie tiene idea del poder de nuestra mente, de las cosas en las que pensamos, imaginamos, aquellos momentos que recordamos en silencio. ¿Cuánto de cerca está nuestro propio mundo, del real?. Sofía llora y sus pupilas dilatas denotaban una real crisis nerviosa. “¡Muérete ya! Por favor… ¡quiero morirme!.. Quiero dejar de sangrar, duele… quiero dejar de respirar, es inútil. Quiero estar sola… Necesito dormir.” Cerró los ojos. “Por favor.” Suplicaba. “¡Ya! ¡Silencio!”.


Suficiente.
“¡Suficiente!, ¡¡Basta!!. ¡¡Quiero dejar de sentir esto, es que ya no siento el salir de mi sangre!!. Ya no puedo mas intentar esto.” Sofía se levantó de su posición, se sentó mirándose en el espejo, se recogió el cabello, rebuscaba sus bolsillos. “¿Dónde? ¿Dónde está?” Se levantó, daba vueltas en su dormitorio. Lloraba. Buscaba en sus repisas, tiraba todo. “¿Dónde…?” Arrancó los póster de sus paredes, tiró el reloj: “6:20… ¡bah!”. La encontró, en su cofre. “Ese” cofre antiguo, olvidado… en lo más profundo de su habitación, de su memoria, de su mundo. Sebastián se la había regalado una semana antes de que empezara todo… “-Y ahora te tengo que decir Sebas, “el normal” ¿verdad? –No le veo lo malo a ser normal –Siempre quisiste ser un chico común y corriente y jugar y hacer lo que hacen los otros –Estoy cansado de ser invisible. Es todo. –Bueno, que clases amigos querrás que sólo te siguen o te acompañan cuando eres de la manada, como aquellos… -Sólo quiero que me noten, que estoy ahí, existo. Ya no quiero ser un cero a la izquierda, ya no quiero estar fuera del círculo y hablarle a los gatos o quedarme mirando a un punto fijo mientras pasa el día y yo espero que termine para correr a casa y esconderme y estar tranquilo. Ya te lo dije, si ya no te agrado puedes dejar de hablarme –Voy a estar contigo siempre, así seas un chico del montón. Sólo me gustaría que fueras un poco más…-No cambio por las personas, que te quede claro, es muy raro que lo haga, es rarísimo de hecho. Siempre lo hago por mi, puede que suene egoísta pero es así, siempre veo por mi.” Era la primera vez que discutían en serio, nunca olvidaría ese día, los ojos de Sebastián, su mirada gélida, el dolor que le produjeron esas palabras en forma de gritos, reclamos. Maldita memoria, siempre recordaba las cosas cuando no tenía que hacerlas… “-Que debería hacer esto, aquello, que debería ser así… Estoy harto Sofía. No es mi culpa que no sea como quieres. ¿Por qué te gusta hablar de estas cosas¿ ¿Te gusta que te grite? ¿Te gusta tanto sufrir que quieres que te haga daño? ¡Eres una idiota y arruinaste todo! -Perdón… -Siempre, pero siempre y lo sabes, he intentado hacerte sentir bien, ser alguien para ti y tú nunca lo agradeciste. Siempre tenías un pero… Sabes Sofía, no eres la única con problemas, a mi nadie me ayuda… A mi nadie me dice lo que quiero oír… ¿Crees que eres buena amiga?”
Sí, aún tenía filo, y tenía una mancha en el lado superior. “Bueno, uso el otro lado; de todas formas, ya necesito comprar otra”. Lo pensó dos veces antes de hacerlo. “Sí o no…” La cuchilla brillaba en su mano. La tomó apuntando a su muñeca. “Si tan solo…”. Suspiró. No iba a dejar que volviera a ocurrir… La cuchilla resbalaba. Resbaló suavemente. Jugaba a hacer aquello y deseaba que fuese suficiente. Hacía tiempo y no sabía para qué; y mientras apenas se desangraba pensaba en ello. Se lanzó en su cama mirando el techo buscando las estrellas. “Es… fue… Suficiente.”

lunes, 25 de agosto de 2008

Sofía se escribe con S V y VI

Sólo.
Sólo hay algo en el mundo que la podía salvar. Algo no… Alguien.
“Es tan simple… Descúbrelo, date cuenta de…”. Sofía vive en una típica casa así como la tuya o como la mía, es grande y bonita y… perfecta. “Todo perfecto para la niña perfecta”. No piensen que es envidia, porque les aseguro que no lo es. Sofía… Sofía… Y Sofía,
Alguna vez se han preguntado, ¿qué es lo que se piensa antes de morir?, ¿qué recuerdos vienen a la mente? ¿En quienes piensas? La verdad déjenme asegurarles que son cosas tan patéticas y fuera de lugar que cualquiera se arrepentiría de siquiera haberlo recordado.
“Sofía que bonitas pulseras”. Tantas veces lo había intentado y lo peor es que nadie se daba cuenta; aunque eso ya no le fastidiaba. Se reía tan sólo de que así como tantas veces lo había intentado, tantas veces él la había salvado. Siempre había estado allí, con ella. En las buenas y en las malas, desde que se conocieron siempre habían estado juntos, lo más posible hasta hace poco. Costumbre, era lo único que la hacía superar sus problemas, estaba tan acostumbrada a que las cosas salieran de tal forma, era simple por más que se esforzase siempre la que terminaría mal sería ella y esta vez no era diferente. Era triste pero cierto, no tenía ya más a alguien con quien llorar, ni compartir las penas, la habían dejado sola otra vez. “No”, se corregía pues él la había dejado sola. “Gracias Sebas...” No le guardaba rencor, porque sabía que no valdría la pena, aunque a veces no podía evitar el odiarlo o desearle lo peor aún sabiendo que con una sola palabra de él todo volvería a estar bien y tendría las suficientes fuerzas para seguir viviendo y soportar cualquier problema… Y todo estaría bien de nuevo hasta que nuevamente volviera a suceder… Qué esperanza de Sofía, acaso se le puede tener tanta devoción a una persona que más aunque ayudarte, daño te hace. Era consciente de su dependencia, del dolor que le causaba pero no pensaba en ello; le gustaba vivir de los momentos felices pasados y creer que volverían a ocurrir en cualquier momento… “Si tan sólo estuviese aquí, si aún me quisiera, si tan sólo…”.

Sofisticado.
“Sofía no es así, no es tan simple.- Entonces, ¿qué es? ¿Cómo es? -Es… sofisticado” Recordaba y meditaba sobre sus respuestas, las suyas y las de él; todas. Hablaba sola, deliraba y se sorprendía de cómo en momentos tristes era capaz de recordar absolutamente todo. ¿Y la sangre? La sangre de sus muñecas continuaba fluyendo, ya se había mezclado con sus cartas, su cubrecama, el suelo, sus cabellos, su frente, ella. “Hace frío…”
“No, no es sofisticado, ¡tú lo haces así! -Es que es imposible, entiende. -¡No! ¡No lo es!...Yo te quiero.” Sofía tenía un tocadiscos antiguo, se lo había comprado en Navidad y hace poco lo había mandado a arreglar para que se pudieran escuchar CDs. Era genial, lo es realmente. Es de madera, o bueno es de algún material que se le parece; la verdad no se como describirlo, simplemente es un tocadiscos que se tiene que ver…
“Me gusta esa canción. - A mí no. -Sebas… -¿Qué Sofía? -Nada” Los pensamientos se mezclaban, se enredaban en su cabeza provocando alucinaciones; se mezclaban así como su sangre y lo exterior, así como todo en la vida. Momentos de luz y de oscuridad… “-Sofía, sólo prométeme una cosa –¿Qué? –Nunca pero nunca pierdas la esperanza. Sonríe, todo va a estar bien. –Sebas, me vas a hacer llorar… -Llora, no tiene nada de malo; sólo… No te odies, ¿si?” Era difícil no hacerlo, qué era ella sin él, la vida no tenía sentido sin alguien con quien compartirla. Las tardes de los viernes, ambos solían conversar, soñar, huir de esa realidad en la que vivían y trazaban planes inimaginables; a veces discutían pero eso sólo pasaba cuando uno de los dos realmente estaba mal… “No lo entiendo, ¿por qué la gente suele pensar tanto en el suicidio? Hay vidas peores y yo lo sé más que nadie –Cada uno cree que sus problemas son lo peor que existe Sebas, eso no se puede evitar –Mira, yo no soy nadie para decirle a cualquiera, ni siquiera a ti “No te suicides” o decirte qué hacer con tu vida, pero no tienes el derecho de privarte de ella. Hay cosas que pueden funcionar, que pueden hacer sentirte mejor –Un abrazo tuyo, por ejemplo. –Hay no, no digas eso. Me haces sentir como si fuera la gran cosa. -¿Qué haría yo sin ti? No tendría sentido vivir para mi –Sofía, si todos cada vez que tuviéramos problemas hiciéramos eso, el mundo estaría peor de lo que está ahora. Si algún día no estoy, sólo sé fuerte. –¿Has pensando ya en no estar? Me das a dejar sola, está bien… No importo, sólo dilo y ya, me voy haciendo a la idea. –Sofía no eso, obvio me importas. Te quiero y no quiero que te pase nada, en serio –Pensé que no te gustaba decir esa frase… -Si tengo que hacerlo, lo diré… Me has hecho decirlo… Te quiero. Eres una de las pocas personas a la que confío mis secretos, no quiero que te pase nada –No sé que decirte –Que tal un: No lo haré nunca Sebas… y claro, regálame una sonrisa. –No quiero que termine este año… -Ya te acordaste, genial! Regresaré, sólo es un año o quizá menos… Estaremos bien, prométemelo sí?” Sofía sabia que igual que ella, él tenía la manía de olvidar lo doloroso, pero no le veía el por qué de olvidarse de una promesa. Le dolía demasiado y él no había cumplido su parte, por qué ella debía de hacerlo. Aunque sería mucho más sencillo si no lo recordase… Sus palabras, la sangre, él, su familia, sus sueños, aquellas promesas, recuerdos, gritos, silencio, ideas, él, sombras, sangre… “Es… sofisticado”.

sábado, 23 de agosto de 2008

Sofía se escribe con S III y IV

He decido subirlos de dos en dos..O.o

Sobrevivir
¿Sobrevivir?... Ya no le importaba. Era irónico: ¿a quién le importaba? “Nómbrenme a una a alguna persona a quien yo le importe”. Silencio absoluto. No entendían, nadie podía entenderla y ya ni valía la pena preguntarse el por qué. Era consciente de que muchos trataron pero ninguno fue capaz; unos, casi; otros, poco… Pero finalmente: Nadie lo logró. Todo estaría perdido, aunque: “Quizá tú. -¿Quizá yo qué?- No, nada.”
Todo estaba listo: las cartas y sus destinatarios donde explicaba sus razones y todo. Eran ridículas y ni fundamentar correctamente sus razones podía, pues de todos modos nadie la entendería. Había tenido toda la semana para despedirse y lo triste es que nadie se había dado cuenta… Porque, después de todo… “No importo”. Es que nadie se da cuenta hasta después de que sucede y comienzan las lamentaciones "¿Por qué no me di cuenta?"... ¿Por qué? Era tan buena, tan querida, tan inteligente, tenía muchos amigos"...Y sarcásticamente piensas: Sí, claro. Es que la razón ya está dada: nadie la entendía, no podían hacerlo. Otros, simplemente no querían darse cuenta y así evitarse problemas; pobres conciencias. Pero es la verdad lo crean o no; así eran las cosas, así son...
“¡Sofía cálmate!, ¡despierta! ¡Esto no es un sueño!, ¡Sofía regresa!, ¿Sofía?...” Recordaba y pensaba que al fin no volvería a escuchar tantos quejidos. Nunca más. “Déjenme morir, ya no quiero seguir viviendo, subsistiendo. Mi vida no tiene sentido, a nadie le importa. A mi ya no me importa. Es que acaso no se dan cuenta de que mi existencia es vana. Ya no deseo vivir… ¿por qué? ¿Para quién? ¿Para qué? No lo deseo. Sufrir otra vez, ¿con lo mismo? Siempre será lo mismo. ¡Es que ya! ¡Basta! Ya no quiero, no lo deseo, no lo haré. Ni una vez mas, ni siquiera pensarlo, no tiene sentido… ¿Es que acaso no lo entiendes? No quiero ser una más del montón…No quiero ser invisible. No lo haré. Ni por ti, ni por mí, ni por él. No lo haré por nadie, no voy a sobrevivir"

Simple.
“Simple, siempre ha sido así, desde siempre. ¡Tan… tan simple! ¿Está mal pedir mucho? Porque… si es tan simple por qué nadie puede entender?” Sofía decidió el ya no querer vivir más, no tenía razón alguna para sobrevivir una vez más… ¿para qué? Estaba sola. La habían dejado sola, una vez más… “Todos… tú… ¿Por qué siempre estoy sola?... ¿Por qué no me muero de una vez?¿Por qué nunca tengo lo que quiero?”. Sofía piensa, quiere morir. Era una tarde de otoño, 6:07 p.m., Sofía una niña de 15 años… ¿cómo describirla?... “La niña perfecta”. La mejor novia, la mejor alumna, la mejor amiga… “Debe ser tan feliz, ¡mírala! Se le nota en el rostro, siempre sonriendo, siempre la mejor en todo”.
La pluma cayó del borde de la cama al suelo, a su lado derecho estaban las cartas manchadas ligeramente por la punta y extendiéndose poco a poco de sangre. “¡Rayos!... si se mancha toda la carta, si se llegan a manchar las dos… Nadie las entenderá… ¿las leerán?...OK… ¿cuánto tiempo puede estar viva una persona que se está desangrando?... ¿queé?...solo han pasado 6 minutos…”
Sofía, boca arriba sobre el borde de su cama, mirando el reloj, mirándose en el espejo de la pared. Pensaba, moría. No quería pensar quería morir, pero tampoco podía evitarlo… ¿qué podía hacer? Solo cerrar los ojos y dejarse morir. Dormir, dormir profundamente, caer en un sueño del que jamás podría volver a despertar.
Y las palabras resonaban en su mente. “¡Es tan simple!”

domingo, 3 de agosto de 2008

La noche de los feos

La noche de los feos
Mario Benedetti

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿Qué está pensando?", pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba transpasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."
"Sí."
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"¿Algo cómo qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.