domingo, 29 de marzo de 2009

Mi primera coquetería

Mi primera coquetería
Yo debía tener entonces entre once y doce años. No lo recuerdo, pero tendría también una tez de raso y un fresco color de rosas en las mejillas que aún no conocían de lágrimas verdaderas.
Amaba las bellezas de las tarjetas postales, tan de moda entonces. Un día aparecí en la escuela rigurosamente pintada con un diluido de carmín que mi mamá decoraba ciertas flores de sus postres caseros, con el pelo de la frente en un impecable rizado negroide, los zapatos de granes tacones de mi hermana, y bajo los ojos anchas ojeras a carbón de una caja de lápices, también de mi hermana que entonces aprendía dibujo con el Cónsul brasileño.

No sé cómo burlé la vigilancia doméstica, ni cómo pude cruzar el pueblo tranquila en esa estampa. Recuerdo sí el espantoso silencio que se hizo a mi paso por el salón de clases, y la mirada enloquecida y desesperada con que me recibió la maestra, aquella admirable Manuela Vestido que formó cuatro generaciones de niños. Recuerdo también como si hubiera sido ayer, su voz enronquecida al decirme:
-Ven acá, Juanita.
Avancé hacia su mesa entre desconfiada y orgullosa. Y otra vez su voz ronca:
-¿Te encuentras muy bonita así?
-Yo… sí…
-¿Y te duelen los pies?
¡Ay, cómo ella lo adivinaba todo! Yo hubiera dado en aquel momento un cielo por un par de zapatos viejos. Pero era un ángel altivo y contesté con entereza:
-Ni un poquito.
-Esta bien. Vete a tu sitio. A la salida, iré contigo a tu casa, pues tengo que hablar con tu mamá.

Fue una tarde dura la cual, oí de mis compañeras toda clase de juicios, advertencias y consejos, en general, leales. Solo estuvieron contra mí las dos niñas modelo. Empecé entonces a conocer la dureza de los perfectos.
No sé qué hablaron mi maestra y mi dulce madre. En mi casa no estalló ningún polvorín, no se me privó de mi plato de dulce, nadie me hizo un reproche siquiera.
Sólo me dijo mi mamá después de la comida:
-Juanita, no vayas a lavarte la cara.
Con asombro que llegaba al pasmo, pregunté apenas:
-¿No?
-No, ni mañana tampoco.
-¿Mañana tampoco, mamita?
-Tampoco hija. Ahora anda ya a dormir. Desabróchale el vestido, Feliciano.
Y fue mi madre quien me despertó al otro día, quien vigiló mis preparativos para la escuela y quien, al salir, me llevó a su gran armario de luna, y me dijo en un tono de voz absolutamente desconocido para mí:
-Vea mi hija, la cara de una niña que se atreve a pintarse a su edad.
¡Dios de los universos! Aquella cara parecía un mapamundi. Y aquella chiquilla encaramada sobre un par de tacos torturantes, era la verdadera estampa de la herejía.
Me eché a llorar silenciosamente. Vi los ojos tiernos de mi madre llenos de lágrimas. Yo todavía no sabía de arrepentimientos y desesperada, me dirigí hacia la calle, con mis libros y cuadernos en tal desorganización que se me iban cayendo por el camino.
Fue mi santa Feliciano quien me alcanzó corriendo, casi a media cuadra, y allí mismo me pasó por la cara, sollozando, su delantal a cuadros y azules. Ya casi no le cabía yo en el regazo, pero volvió a casa conmigo a cuestas, y las dos abrazadas, lloramos desoladamente el desastre de mi primera coquetería.


Juana de Ibarbourou
(adaptación)

martes, 17 de marzo de 2009

Los sordos

Los sordos
Personajes: el viajero, el chacarero, la patrona, la sordita.
Escenario: el patio de una casa de campo.

El viajero: (apareciendo a espaldas del chacarero) ¡Eh, buen hombre… ¡Buen Hombre!
(el chacarero no le atiende) ¡Ni que fuera sordo como yo! (le toca un hombro) ¡Oiga!
El chacarero: ¡Hola! ¿Qué tal? ¿Qué desea?
El viajero: Usted, que ha de conocer estos lados.
El chacarero: Sí señor; Rudencindo Lagos, para servirle.
El viajero: Hágame el favor de hablar más alto, porque soy bastante sordo.
El chacarero: Si no grita más, no podré entenderlo, porque soy un poco torpe de oído.
El viajero: ¿Podría indicarme dónde queda la estancia “Los leones”?
El chacarero: ¡Claro que tiene fragancia mis melones! Es que son muy buenos, le haré traer algunos para que los pruebe.
El viajero: ¿Nueve? ¿Nueve qué? ¿Nueve leguas? ¿Tanto? ¡No puede ser!
El chacarero: (Por la patrona que aparece en este momento en la puerta del rancho) Sí. Ésa es mi mujer. (A la patrona) Oye. Tráele a este hombre una docena de melones, para que elija algunos.
La patrona: ¿Así que este caballero quiere tener relaciones con nuestra hija? Tanto gusto, señor. En seguida se la presentaremos. (Gritando hacia el interior de la casa)
¡Mariquita!.. ¡Mariquita!.. Esa chica es más sorda que yo, todavía... Un momento, siéntese... (Se introduce en la casa)
EL viajero: ¿Usted dice que la estancia “Los Leones” queda a nueve leguas de aquí?
El chacarero: Sí señor; se lo he dicho y se lo repito. La fragancia de mis melones es exquisita… (Aparece la patrona)
La patrona: Aquí está Mariquita. (A su hija) Bueno, hija aquí tienes a tu pretendiente…
La sordita: ¿Qué no tiene nada? ¿Y tú qué sabes? A lo mejor resulta que es rentista.
La sordita: ¡Mamá!, por favor, ¿para qué quiero yo un dentista, si no tengo enferma la boca?
La patrona: Ya sabes que tu madre pocas veces se equivoca: ha de ser rentista no más.
El chacarero: ¿Y los melones, mujer?
La patrona: Es lo que yo le digo, ¿por qué te pones así, hija?
El chacarero: Pero, si no les traes ninguno, ¿cómo quieres que elija?
La patrona. Es que tú sabes cómo es esta niña; ella quiere salirse siempre con la suya (AL viajero) Ésta es mi hija, se llama Mariquita.
El viajero: ¿Cómo cerquita, si su esposo me ha dicho que faltan nueve leguas?
La patrona: (al chacarero) ¿Qué dice este hombre de las yeguas?
El viajero: Sí, y como ya quedan pocas horas de luz.
La sordita: No, todavía no soy señora.
El viajero: No sé, ni siquiera, si es bueno el camino.
La sordita: ¡Ah, yo no pretendo que usted sea adivino! Sólo le he dicho que sigo soltera.
El viajero: ¡Ah!, ya entiendo: ¿llegando a la tranquera, sigo hasta la derecha? ¿Y de ahí, a “Los Leones”?
El chacarero: ¡Ah!, le aseguro que son buenos. Y puedo mandarle todos los que quiera…
El viajero: Sí, ya me dijo la señorita: de la tranquera, a la derecha.
La patrona: Yo no digo que usted no quiera a la chica, pero convendría que fijara fecha…
El viajero: (desapareciendo) Hasta otra vez, y perdonen la molestia.
La patrona: ¡Oiga, oiga! ¡Más bestia será usted, atrevido!
El chacarero: ¿Qué? ¡Tienes razón! ¿O iba a esperar hasta mañana por los melones?
La patrona: No y no. Jamás consentiré que nuestra hija tenga elaciones con esa gente.
La sordita: Déjelo que se vaya; total, aquí a nadie le duelen los dientes.
El chacarero: No es que te lo reproche, pero hubiera comprado tres o cuatro…
La sordita: ¡Qué bueno eres, papá! Dice que nos llevará al teatro a ver las comedias.
La patrona: ¡Cierto! Ya me había olvidado que tenía que zurcirle las medias. ¿Sabes dónde he dejado la lana azul?
La sordita: ¡No me digas! ¿La comedia de Barba Azul? ¡Qué bonito título!
La patrona: Es lo que digo siempre a tu padre: ¡que Dios nos conserve esta armonía!Porque el día que nos entendamos, esta casa será un infierno…


Germán Berdiales
(Argentino)

sábado, 7 de marzo de 2009

Las tres cautivas

Las tres cautivas
A la verde, verde,
a la verde oliva
donde cautivaron
a mis tres cautivas.

¿Qué nombre daremos

a estas tres cautivas?

La mayor Constanza,

la menor Lucía
y la más pequeña
llaman Rosalía.

¿Qué oficio daremos
a estas tres cautivas?

La mayor amasaba,
la menor cernía y
la más pequeña
agua les traía.

Un día fue a la fuente,
a la fuente fría
y encontró a un anciano
que en ella bebía.

- ¿Qué hacéis ahí, buen viejo,
en la fuente fría?
- Estoy aguardando
a mis tres cautivas.

- Padre, sois mi padre
y yo soy su hija.
Voy a darles parte
a mis hermanitas.

- Pues sabrás Constanza,
pues sabrás Lucía,
cómo he visto a padre
en la fuente fría.

Constanza lloraba,
Lucía gemía
y la más pequeña
así les decía:

- No llores Constanza,
no llores Lucía
que viniendo el moro
nos libertaría.

La pícara mora,
que las escuchó,
abrió una mazmorra
y allí las metió.

Cuando vino el moro
de allí las sacó
y a su pobre padre
se las entregó.

Anónimo

martes, 3 de marzo de 2009

Lo que yo te daría

Lo que yo te daría
Un castillo de blancas azucenas
donde una mano leve
coloque entre armonías y rumores
rocío transparente;
un rayo misterioso de la luna
empapada en el éter;
un eco de las arpas que resuenan
y el corazón conmueven;
un beso de un querube en tus mejillas;
algo apacible y leve,
y escrita sobre la hoja de albo lirio,
una rima de Bécquer.

Rubén Darío

domingo, 1 de marzo de 2009

A un poeta obscuro

A un poeta obscuro Hay gentes que nacieron para la luz del día,
y hay otras que nacieron para un vago fulgos:
Tú vas, en la penumbra vertiendo poesía,
y nadie te conoce, y en la América mía,
tus íntimos afirman que eres un dios menor...

En cambio, ¡qué de bombos para algunos, que viso
lucires de reclamos, de popularidad!
¡Cómo, en su honor, los diarios esponjan adjetivos!
Tus versos, entretanto, se embotan pensativos:
¡tal vez en tu sepulcro floresca la verdad!

Amado Nervo